CONDUCIENDO EL ROAD RACE LINCOLN.

Por Gary M. Hacker

Me quede pasmado aquella mañana de un viernes en 1954 cuando el chofer del Ford Motor Company bajó el Mexican Road Race Lincoln del camión el cual Iba a ser exhibido por mi padre durante cuatro días en su agencia Lincoln Mercury en Alameda, California, cortesía de la compañía.

Tenía dieciocho años y acababa de terminar la preparatoria y estaba lleno de emoción al tener la oportunidad de sentarme detrás del volante y examinar este auto ganador. Era de color amarillo con grandes números pintados en los costados, tenía una jaula para proteger a los pilotos y un gran tanque de gasolina en vez de un asiento trasero; los asientos delanteros originales habían sido reemplazados por asientos especiales con cinturones de seguridad reforzados. Este auto acababa de ganar La Carrera Panamericana en México y el nombre de su piloto, Bill Stroppe aún se encontraba pintado sobre la puerta. Por medio de un boletín de prensa, el Ford Motor Company iba a exhibir este auto en algunas agencias en California para fines publicitarios.

Esa noche forme parte de la multitud de admiradores que habían ido a la agencia que había sido iluminada con potentes luces para ver el auto y escuchar las aventuras de los pilotos Lincoln que habían quedado en primer, segundo y cuarto lugar. Algunos executivos del Ford Motor Company estuvieron presentes para responder preguntas del público y para hablar de las bondades del auto y de la marca. Varios miembros de mi club de autos hot-rod que asistieron estaban igual de emocionados que yo al estar ahí. El sábado el auto se encontraba acordonado con pesadas cuerdas de terciopelo y postes cromados. Los sábados solía trabajar en la agencia haciendo limpieza del piso verde en el área de servicio y del área en donde se encontraban los autos nuevos y también de cerrar las puertas al ser el último en salir. Yo vivía a 45 minutos de distancia en el pequeño pueblo campirano de Lafayette, antes que los árboles frutales de la región fueron reemplazados por carreteras y filas interminables de casas. Ese domingo [1] en Lafayette, mis dos mejores amigos Bob y Jerry fueron a mi casa para ayudarme a quitarle el techo a un Plymouth PB Coupé 1931 que estábamos convirtiéndolo en un hot-rod. Todo el día estuvimos trabajando y no dejamos de hablar de autos, de carreras y de lo increíble que sería competir en La Carrera Panamericana.

Sin placas y con mucho entusiasmo, los tres nos metimos en los dos asientos delanteros y nos dirigimos a Lafayette.

Esa noche después de cenar decidimos ir a la agencia para examinar detalladamente el auto antes de que se lo llevaran el siguiente martes. Tres muchachos adolescentes solos con un el Lincoln ganador que había recibido tanta publicidad a nivel nacional era como un sueño hecho realidad. Bob preguntó, “Como crees que sonará?” mientras Jerry pensaba en voz alta “Que tan rápido crees que corre?” y entonces yo dije, “Por qué no lo averiguamos?” Nos mirábamos los unos a los otros con una emoción nerviosa y procedimos a levantar el cofre y descubrimos que habían colocado una placa cubriendo el colector de admisión en el lugar en donde se encontraba el carburador y también otras placas que cubrían la apertura de la bomba de gasolina y el distribuidor; no era posible encenderlo. Nos sentamos en el piso decepcionados imaginándonos detrás del volante corriendo a alta velocidad pasando por los pueblos mexicanos con miles de espectadores al lado de la carretera.

Y de repente  Jerry dijo, “Gary, tenemos todo un taller y departamento de refacciones a nuestra disposición” mientras señalaba la parte trasera de la agencia. Rápidamente fuimos a consultar los catálogos de refacciones y mientras Jerry nos decía el número de parte, Bob y yo la buscábamos en los estantes y colocábamos todas las piezas sobre el mostrador. Con mucho cuidado quitamos las cuerdas de terciopelo y empujamos el auto al taller. Teníamos todas las piezas, las herramientas y el espacio a nuestra disposición. Ya era pasada la media noche cuando habíamos instalada una batería, pusimos gasolina en el tanque y encendimos el auto. Se escuchó un tremendo rugido del motor. El sonido del escape y el de un motor de competencia emitía un sonido que proyectaba total autoridad. Ya estábamos listos para sacarlo a darle la vuelta.

Sin placas y con mucho entusiasmo, los tres nos metimos en los dos asientos delanteros y nos dirigimos a Lafayette. Al mantenernos en las calles pequeñas nos dirigimos a toda velocidad hacia el túnel Caldecott y con los ojos bien abiertos y cada uno de nuestros sentidos en alerta bajamos por la colina hacia Orinda y luego por la subida de la calle Charles Hill. Estábamos disfrutando tanto nuestro paseo que no nos dimos cuenta de otro nuevo Lincoln que pasamos en sentido contrario o la cara de sorpresa del Gerente Regional de la Ford Motor Company que estaba regresando de una fiesta al vernos pasar. Luego nos entroncamos a la calle Moraga que nos llevó a una zona desierta en donde pudimos aumentar considerable la velocidad. 100 mph, luego 110 mph que nos permitió ver los árboles y postes de luz pasar como los dientes de un peine.

Cambiamos de lugar y justo cuando Jerry estaba alcanzando 80 mph el motor de repente se detuvo y un terrible silencio se apoderó de la noche. Nos habíamos quedado sin gasolina. Después de pedir un aventón por muchas millas, cargar gasolina y regresar a Almeda nos dieron las cinco de la mañana [2]. El auto estaba sucio y después de lavarlo y con mucho cuidado, quitar, limpiar y volver a empacar las piezas nuevas que habíamos utilizado, las regresamos a los estantes. Reemplazamos las placas de metal y volvimos a colocar los sellos de plomo. Para cuando el auto estaba de vuelta en la sala de exhibición y custodiado de nuevo por las cuerdas de terciopelo rojas eran las 9 am [3]. No importaba que no habíamos dormido esa noche, nos regresamos a Lafayette en donde finalmente pudimos dormir soñando con lo que habíamos hecho. La agencia abrió de manera regular ese lunes por la mañana y el teléfono no tardó en sonar de parte del muy enojado Gerente Regional gritándole a mi papá por haber permitido que alguien manejara el Lincoln. Mi papá, sin saber lo que estaba pasando, miró a la sala de exhibición en donde el auto estaba exactamente en donde lo había dejado el sábado por la tarde y le dijo “Estás completamente equivocado, el auto no ha dejado esta agencia”. En una hora habían llegado dos empleados de la Ford Motor Company para inspeccionar el auto. Riéndose dijeron, “El jefe ha de haber tomado muchos tragos esa noche, nadie puede manejar este auto porque tiene placas de metal y ha sido sellado con plomo desde la fábrica, y además, no muestra ninguna señal de uso o desgaste”. El avistamiento del auto aquella noche del domingo [4] fue desacreditado y el caso cerrado. El siguiente día, el auto fue subido a un camión cuidadosamente para ser transportado a Los Angeles Auto Show.

Veinte años más tarde mi padre y yo estábamos viendo un programa en la televisión que mostraba los autos exhibidos en el Museo Nacional del Automóvil y me dice, “Mira Gary, ¿ahí está el mismo auto que estuvo exhibido en nuestra agencia en 1954, te acuerdas?” “Claro que me acuerdo, me quedé sin gasolina cerca de Moraga” le dije. “Hijo, estás perdiendo la memoria, ese auto estuvo en exhibición y nunca fue conducido” me dijo. Solo lo miré y sonreí. Sorprendido me preguntó, “Hijo, manejaste ese auto?” “Papa, realmente no quieres saber”.

La Carrera Panamericana

12-18 de octubre 2018

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